VEINTICUATRO DE MAYO
El dolor de lo irremediable -oscuro tenebroso
lugar-, está presto a lo largo de la macilenta
mañana. El temor se desvanece cuando
nos sentimos -labios ardientes- en beso
de amor cobijados atrapando el tiempo
que un día más cumple la profecía de la vida,
hoy amargo veinticuatro de mayo.
Florecen los geranios en las ventanas
y balcones vecinos. Rondan y pian
los ruiseñores en torno a los tejados
del barrio. Puedo reunir tus palabras
en la palma de mis manos y añadirlas
al almanaque floral de tus sonrisas
para que estallen cuando el espejo
recobre tu hermosa figura de madre
abnegada, descorazonada, herida.
No llego a estar a la altura del momento.
Me despisto fácilmente indeciso y timorato.
Doy vueltas como lobo encerrado
por la estancia. Pienso que el ritual
de la purificación reemplazará todo
dolor y, ante el ahogo que siento
abro la ventana para contemplar
la plaza repleta de jóvenes despreocupados
y alegres. Respiro o suspiro
profundamente. El aire evapora
el humo de los cigarrillos, el de las copas
de vino, el de las risas sin fin, el de las huecas
palabras...
Consumiendo en la habitación los momentos
más amargos de la abyecta soledad,
el dolor de la espera es tan intenso,
que no quiero agotarlo. Sí sentirlo,
tomarlo, beberlo sorbo a sorbo
como elixir de un tiempo que se justifica
con signos prometedores.
Perpignan, 24 de mayo del 1985.
©Teo Revilla Bravo









