CALLES
Calles recorridas día a día enganchado
al hueco de tu combado brazo
y a momentos a la forma sinuosamente
atrayente de tus labios reclamando besos.
Ciudades y parques, comercios y plazas
públicas; baños en la playa y excursiones
al parque natural del Montseny, por ejemplo,
olvidados los límites que marca la vida
enroscándose silenciosa en la membrana
inerte de la muerte.
Todo lo arrastró —compendio
de la sinrazón— la lluvia de marzo
de un aciago año que ya ni mi memoria
puede recordar.
Un ave.
Un perro.
Un gato.
Un ratón.
Un animal cualquiera por las calles
y plazas urbanas como camaradas,
huyendo sin cruzar destino
en expedición de silencios entre oscuros
zaguanes y eternales sombras.
Hay lugares imprevisibles y abrumadores,
no soñados ni dibujados en ningún imaginario
mapa, que nos pierden sin remedio en la fría
quietud del eternal vacío, ahí donde el fin
del universo carece de nombre y de sentido.
BROTAN LAS PALABRAS
© Teo
Revilla Bravo