AFÁN
Afán, afán, afán. De ser y de que nos sean,
de mostrar y para que ensalcen lo mostrado,
de escribir y que se lea y reafirme ─incongruentes
inspiraciones, asertos disímiles, panegíricos
insufribles, vastas soflamas y hasta prolongadas
arengas largo tiempo empolvadas─ lo escrito.
Estamos adheridos al afán de sobresalir
como sea presuntuosos y contentos de sentir
la testuz crecer y crecer viéndola llegar
a las nubes doradas del sin par paraíso parnasiano.
Y lo hacemos lanzando suspiros a cada socaire
que deja la brisa al paso real de la fecunda
musa auxiliadora. Valiosos, sí, rubricados
versos, pura vanidad de vanidades.
Con pulso incierto garabateamos papeles
apelando a nuestra riqueza intelectual tan
sensible como—creemos que— enriquecedora.
Escritos, alegatos, memorándum poemas, epístolas.
Todo eso que enlaza con la terrible angustia
de estar vivos y querer a toda costa reseñarlo.
Altanero borrador, estrecha mente de autor,
este poema escrito como ejercicio de no sé qué.
Quizás como requerimiento o testimonio
de horas trasnochadas, hueras y aburridas.
Mientras escribo, escucho a César Vallejo
desde su tumba vociferar airado:
“Morimos
para dentro y morimos para afuera”.
