ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

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jueves, 10 de octubre de 2019

BANALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD


"El hijo del hombre" obra de René Magritte.

El Hijo del Hombre, en francés, Le Fils de l'Homme, es una pintura realizada por del pintor surrealista belga en 1964, una de sus obras más conocida pintada como si fuera un autorretrato. 








BANALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD


Uno tiene cierta edad, y echa de menos en la distancia de los años, aspectos que en otrora de la vida resultaban cómodos, amables, oportunos. La banalización de la sociedad actual, tan mediatizada por los medios digitales y analógicos, obligan a gentes de mi generación a permanecer en las trincheras, algo tristes por no compartir ciertos “progresos” o aspectos de la ciencia actual, aunque siguiendo alentando sueños imposibles. Me agradaría, por momentos, poder retornar a los años de mi intensa juventud, momento crucial en muchos aspectos. La gente entonces teníamos verdadero interés por las cosas que sucedían, creíamos en la posibilidad de transformar la sociedad para bien de todos, lo demostrábamos con devoción, énfasis y esperanza. El entusiasmo cubría y encendía las conversaciones entre amigos con quienes compartíamos un vivo interés por escuchar y sentir la música exuberante y generosa de la época, atendiendo a aquello que entonaban nuestros cantautores sensibilizándonos, bailando y tocando la guitarra u otros instrumentos a ritmos de los grupos de pop y  rock, asistiendo a las veladas de la sala Zeleste, o acudiendo a la discoteca Les Enfants terribles situada al costado del carrer de Les Tàpies. Pasear por las Ramblas observándolo todo empapándonos de vida, era un aliciente, era todo un regalo. Como lo era tropezar con Ocaña y su cohorte de variopintos amigos maricas abriéndose paso transformados con mil colores, para manifestarse -haciendo frente a la policía- mostrando como fuera su orgullo gay, todo un símbolo de la represión de la época y la lucha por las libertades….

       Todo aquello hoy es papel mojado y la sociedad es otra con sus aciertos y fracasos, en esta ciudad condal de hoy, todos somos conscientes, nada es igual. La banalización e indiferencia hacia el otro y lo otro predomina, sumándose a ello el tráfico de drogas, la prostitución a la vista, la violencia callejera en una escala antes impensable, etc. Pasear hoy por esa vía es una verdadera agonía: uno tiene que abrirse paso entre gentes y turistas deambulando sin ton ni son en torno a un abanderado guía. Ha cambiado la ciudad. Se ha abierto al turismo, pero se ha cerrado peligrosamente –uno echa a faltar aquellas jornadas libertarias plenas de pacifismo y colores- en lo común, en lo social y vecinal. En cuanto a lo político, sólo se siente el constante enfrentamiento partidista por conquistar, mediante consignas, soflamas y banderas, la calle, algo que en nada favorece la convivencia de quienes la habitamos.

La llamada revolución digital y al consumo enfebrecido, gobiernan y anulan la razón de la mayoría de la gente. Las redes sociales han aportado al ser humano ligereza y agilidad a la hora de poder comunicarse, pero también lo han encerrado en un solo juguete, impidiendo el uso noble de la palabra con los otros. La conversación, el tacto, el beso o el abrazo, el sentir el olor de la piel del amigo, la charla con el vecino en torno a un café, etc., se pierde sin remedio.

Igual sucede con el amor por las cosas. Esas pequeñas cosas que representaban tantas ilusiones como era salir de casa e ir a comprar el disco especial recién aparecido, sintiendo el toque de su artística portada a la vez que nos envolvíamos en mágicos ensueños. Así como pasear por las  librerías –casi ya no quedan- donde curiosear y comprar libros que nos llenaban de fantasía, conocimientos y buenas historias. Era también sentir pasión por objetos seductores y emblemáticos con los que adornar la habitación. Todo tenía entonces un sentido especial, casi totémico, que se mostraba e intercambiaba, se prestaba, regalaba o compartía. Se ha perdido, sí, el concepto de la obra atesorada, de los objetos guardados con mimo, de las colecciones o recopilaciones fascinadoras. Llegó el consumismo, todo caduca al rato. Nuestros ojos solo están atentos -a menudo embobados- a lo que aparece en una iluminada en apariencia seductora pantalla…  

Uno tiene cierta edad, es inevitable, pero no quiere que la falta de enigma, de  magia, creatividad y amistad, cambie, altere, o apague su vida.


Barcelona, diez del diez de 2019. 
©Teo Revilla Bravo.