Carnaval de Arlequín, obra del pintor barcelonés Joan Miró
LA AVENTURA DE CREAR
Aventurarse a trabajar el arte,
no es fácil. Hay que lograr tener unas claves personales llegadas a través del esfuerzo por entender cuál es el
fundamento que nos lleva al logro de algo relevante. Esto tiene su peligro: el
de creer que somos algo más de lo podemos ser. Sucede sobre todo cuando uno se
encamina por territorios novedosos o desconocidos, en pintura generalmente por
los del mundo de la abstracción, el mayor caladero de morralla plástica que
existe y que amenaza con acabar con la buena pintura. Esto sucede por la falta
de interés en lograr tener bases sólidas desde las que partir con seguridad,
una actitud que está muy en boga pues todo el mundo quiere ser artista
excepcional al momento. Sin esa seguridad adquirida la obra, muy posiblemente, carecerá de
valor, de razón de ser, de espíritu, será
fallida aún cuando den dinero por ella, que eso es otra historia-histeria de
tantas que se producen.
La buena obra surge esplendorosa
ante los ojos sin engaños. Atrapa, emociona, obnubila y te arrastra con ella. Porque
posee gesto, equilibrio, soltura, química y belleza, al haber sido laborada con
la idea de atrapar y crear embeleso hasta el punto de constreñirnos de emoción el
alma. En la obra ha de haber conocimiento, intuición, mucha, mucha práctica, y
sentido en la búsqueda de evitar el extravío que supone comenzar un proyecto
alimentando la maravillosa idea de poder hallarnos libres en él.
El artista, al aventurarse en la obra,
no sabe hacia dónde puede llevarle, pensando que a ningún lado si al final su
lucidez la considera fallida. Porque uno comienza con buena intención y mucha
ilusión, pero luego la labor te puede llevar por caminos insospechados. Pero cuando
acertamos nos genera una maravillosa sensación de fuerza viva, un veneno bueno
si se puede decir de ese modo.
El
arte ha de hacernos comprender lo incomprensible, a no destrozar nuestro deber creyéndonos poseedores de la verdad.
Barcelona, junio del 2024.