«Todo lo que estamos viendo esconde otra cosa, nosotros siempre queremos ver lo que está escondido por lo que vemos, pero es imposible. Los humanos esconden sus secretos demasiado bien…», Magritte.
ESE HOMBRE
Ese hombre que insistente busco
quizás esté muerto y no lo sepa.
Quizás nunca existió y sea
un muerto de dedos apagados
sin pulso en los labios ni en el alma,
sin palabras, sin olores, sin recuerdos,
sin amorosos enredos en el corazón.
Ese hombre que insistente busco,
está solo, olvidado, ciego, ahogado
en un largo bostezo.
No es más —sombra de ceniza—
que piedra o bronce sin tallar.
No conmemora ni celebra nada.
Coteja la vida y coteja la muerte,
sentado en un desolado pedestal.
No puede comunicarse contraídas
sus fronteras, y no obstante,
con la voz de un Dios aturdido,
impasible habla conmigo.
Me reconozco en ese hombre.
Me dejo guiar por sus designios.
Vivo y muero en la profundidad
turbia e ingrávida del cielo y de la tierra
desterrado en él, por él.
