Ya que con tus efectos atraes mi cuerpo
concediéndole márgenes de dicha
y gloria; ya que depositas sobrados
cultivos de templanza y mesura
en mis ánimos, dime qué he de hacer
cuando tu voz resuena para no necesitarte
tanto, quiéneres de verdad asomada
a este infinito cielo que se abre a mis ojos
en la tarde como roja apetitosa granada
mecida en atisbos de la frágil luz que ilumina
la soledad innata de mis sentimientos.
Una barca se aloja en tu mirada.
Navega aquietada entre sensaciones magnas
— fresca brisa— de tu cuerpo oceánico.
Eres el vertical relámpago que atraviesa
estruendoso el alma; eres el único hogar
habitable, la incipiente hermosura primaveral
abriendo espacios frescos, diamantinos, verdes,
e ignotos, al triste e implacable invierno.
La palabra amor, eres.
O su ternura opalescente entre sueños
elevada al máximo significado….
