En la tarde, la angustia crece, y crece
atraviesa valles y ríos, achica ecos,
empobrece cielos, amedrenta pájaros,
cruza colinas, trepa y se agranda
por la bocana abierta de la náusea.
En alerta, garabateando sinsabores
luces y sombras, escribe el poeta
o vomita.
En la noche, en medio de los desvelos
que produce la radial luna embaucadora,
nadie sabe qué buscamos exactamente
entre letras, qué escribimos o alentamos
ilusos o desasosegados, qué recordamos
imaginamos u olvidamos por el ancho
universo, qué o a quién precisamos.
Resonancias vagas, jirones de voces,
recintos de ruidos y sátiras.
En el alargado intento por avistar
horizontes quiméricos e inasibles,
la luz queda retardada en ámbitos
imposibles de dañina imprecisión.
En este amanecer frío, hijo del vacío
inmediato, no sé si he dormido bien o mal,
no sé si he existido mucho o poco,
no sé si me he despertado sin más
en el amargo cuenco ventricular de la muerte.
Sí sé que la angustia -despacio, deprisa-,
mientras todo al rededor se deshace,
reponiendo dolor distancias y silencios
persiste.
