(A mi madre Adela)
Todo es confuso.
Confuso este sol de otoño que ilumina la estancia,
estos párpados caídos en borrosos horizontes,
charcos de locura y alucinación que te reflejan
asustada añorando —luces, sombras que sobreviven—
Sierras, valles, olor a bosque, romero y tomillo.
Todo es confuso.
Hasta reunirnos día a día aquí —intensas horas
de angustia— en un reír y llorar por pasillos
con torpes andares, constantes tropiezos,
francas calamidades; ir y venir de la sin razón
que deja en desgaste la propia vida;
ignorancia ciega, rota, perturbada, árboles y pájaros
dormidos, fluvial cadáver hacia eternal
océano, parques infinitos de desolada estancia.
Todo es confuso.
Qué es y qué no es en este último atropellado
periplo me pregunto, incluida esta muerte torpe
que se adentra —lenta, rápida—entre olvidos
y tristezas afilando surcos, sembrando desazones,
vulnerando voluntades, incierta historia,
opaco corazón, cuerpo arrebatado y dolido,
vencidas horas que felices un día conocimos
destino hoy de angustiosa realidad.