La mujer en la escritura. Una reivindicación permanente.
EL LENGUAJE LITERARIO
El lenguaje literario –analogía
entre silencio y soledad-, con su multiplicidad de redes asociativas, ha de ser
vitalista, vibrante, fluctuante, de sólida reflexión y gran precisión. Los
contornos de los pensamientos tienen que ser lo más acertadamente definidos y con
el mayor atrevimiento posible, de tal forma que delimiten los espacios
emocionales, dando placer a lo escrito a través de textos sugestivos,
vibrantes, reflexionados y bien estructurados. El poeta –su memoria, su
complicidad con el tiempo- ha de
entregarse implicado y tierno, desde su particular solitario viaje,
absolutamente al poema, de tal manera que el lector halle una exhaustiva
indagación en los contenidos, un enlace fluido y enriquecedor que forme la
metáfora simbiótica ideal entre obra y receptor, impugnando cualquier
propensión que intente mostrar la obra únicamente como un ligado de leyes
internas propias. El poeta ha de saber distanciarse de toda diligencia, pues la
escritura no puede permanecer ajena a ningún aspecto de la condición humana, siendo,
desde una perspectiva innovadora, nítida y transparente, con la abstracción
debida y la facultad descriptiva seductora funcionando con naturalidad; eso sí:
desde un estado de alerta permanente.
Sobriedad y sutileza. Límpido
goce estético. Literatura de ritmos, de colores,
de formas, de tejidos, de múltiples sonoridades con los que formar los versos.
Hay que saber hallar ámbitos adecuados para la conjunción formal de lo bello,
vínculos emergentes en el alma que sólo la emoción y la sensibilidad, a través
de la libertad creadora pueden propiciar, contribuyendo con ello al logro de un
bien general.
Barcelona.-2012.
