ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

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sábado, 2 de julio de 2022

LABOR DE POETA

 


Retrato de Antonio Machado, sanguina realizada por leandro Oroz Lacalle







 LABOR DE POETA

 

    Hace más de cincuenta años que escribo poesía, con mayor o menor acierto, voluntarioso y sin interrupción, tan vital y sustancial la he sentido desde siempre. Poemas guardados en una treintena de cuadernos cuadriculados escritos a un solo espacio. Mi primer libro, debidamente publicado por una editorial madrileña hace unos cuantos años, me acercó a lo que la ilusión nos reclama: ser de algún modo conocido y valorado como poeta fuera del ámbito personal e íntimo. Fue el momento de las presentaciones públicas, de ganarle momentos a la timidez, de ser mejor o peor valorado, de llegar —¡con poesía, qué valiente!— a la feria del libro de Madrid henchido como un chiquillo de emoción. Si dejamos a un lado la mención hecha por el autoparlante de que firmaba a unas horas determinadas el libro, pocos resultados complacientes más hubo en ventas, fuera de personas amigas y conocidas, la poesía no vende. Aún así, perduró el impacto y el asombro con cada firma, pese a saber que en el stand de al lado hacían cola por obtener a empujones la de una autora de novelas de éxito. No se vende poesía, como no sea la que se compra a otra persona que también lee y escribe poesía. Fuera de ese estrecho círculo poco más, aún sabiendo que la poesía mueve el planeta, lo mejora, lo calma y equilibra, lo protege de las atrocidades que el hombre comete, es necesaria.

    Hay que huir de quienes se miran el ombligo, que los hay, intentando convencernos de que son una y mil veces más guapos e inteligentes que nosotros. Es absurdo verles presumir que respiran mejor, que tienen más recursos estilísticos y literarios, que están por encima de quienes también tienen sentimientos y los escriben. Ese ego tan nublado y alborotado, seguramente nunca llegará a lo alto del Parnaso, no lo merece.

    Los poemas de esos cuadernos, aguardan revisiones futuras que posiblemente nunca llegarán. Algunos quedaron directamente en el fondo de la papelera en su momento por considerarlos irrelevantes y vacíos, otros, aguardan un fin similar imagino, y los menos siguen esperando su momento propicio. La poesía no sirve para engordar ridículos currículos ni para generar riquezas, hay que olvidarse de caer en esa trampa, es mejor irse a freír churros.  La vida, como lo hace en la propia alma, es el factor más importante, y ha de palpitar en cada poema escribiendo sin la idea de tener que publicar a toda costa, como hacen algunos en cuanto tienen setenta u ochenta poemas reunidos, pues aunque broten de un instante de inspiración, necesitan tiempo para desligarse del autor, como éste necesita a su vez alejarse y olvidarse que un día los escribió consciente de que son fruto de un instante que pasó. Es por eso, creo, que no merece la pena ser autocríticos ni reflexionar sobre si merece o no la pena guardar, tirar o quemar lo escrito. La única consecuencia valorable, es que el texto poético cobre entidad propia, ya veremos cómo lo trabajamos luego limpiándolo de impurezas, de abusos de adjetivos, de quitarle ripios y rimas innecesarias, de ajustar las palabras a lo que se quiera expresar eliminando estereotipos y temas manidos por exceso de sentimentalismo, que pasa.

    Las palabras del poema han de ir más allá de lo común, han de encontrar una luz diferente, siempre desde la personalidad de cada cual, teniendo en cuenta que la duda eterna que nos deja toda labor creativa, nadie podrá quitárnosla.  

    Leamos poesía, sigamos fieles a esta forma literaria tan rica como exquisita que nos acerca más que ninguna otra al interior del alma, y no olvidemos que nunca se deja de aprender.

 

Barcelona Junio 2022



ARTE Y POESÍA III

©Teo Revilla Bravo