Unamuno visto por el pintor catalán Ramon Casas.
Dibujo realizado hacia 1904 o 1905. Carboncillo sobre papel.
UNAMUNO
Miguel de Unamuno sufrió, en muchos periodos de su vida, una ardua lucha
interna entre la razón y los sentimientos, algo que lógicamente no logró
superar. Y no pudo hacerlo porque la parte intelectual del ser, revela muchas
cosas que no sirven nada más que para hacernos infelices. Serán los
sentimientos, los encargados de intentar restablecer el equilibrio roto en ese
arduo manejo de la mente al que obstinados nos dedicamos. Pero esto Unamuno no
logró conseguirlo, si nos atenemos a lo que sabemos y leemos de él. Sucede que,
por mucho que insistamos, mediante la razón no conseguiremos penetrar en los
misterios que sentimos, pues simplemente están vedados a nuestros conocimientos.
Si esto, al ser que es sensible inquieta mucho, cómo no le iba a torturar a
nuestro escritor si lo llevó a un punto en que casi llegó a trastornarlo.
Unamuno fue un autor excelente en todos los campos literarios que tocó, fue
uno de los pensadores más destacados de la historia de España e influyó,
crítico con el tiempo que le tocó vivir, notablemente en la Generación del 98 a
la que perteneció. Fue y es un autor necesario, pero a la vez incómodo pues su
obra, de amplísima cultura, a menudo pudiera parecer exagerada y excéntrica. Hombre
inquieto, rebelde, contradictorio e individualista hasta rendir culto a la
propia personalidad, anduvo a contracorriente y en guerra consigo mismo, pues
se enfrentó constantemente a sus propios demonios y aún a los externos. Quizás
por eso necesitaba hablar con dios, escribir lleno de dudas sobre dios, crear a
dios a su medida.
El futuro siempre es incierto y cambiante. Por esa senda hemos de transcurrir necesariamente y a menudo,
en nuestro trayecto hacia lo irresoluto, lo hacemos consciente o
inconscientemente por el lado más oscuro y opresivo. Unamuno, intenso
intelectual, se llenó de deseos insatisfechos, de esperanzas frustradas, de
sueños incumplidos, algo, por otro lado, bastante similar a los deseos de
cualquier tipo humano que reflexiona sobre la vida y la muerte. Pero Unamuno,
en su búsqueda machacona de la verdad absoluta, no se conformaba, no podía
hacerlo, pretendía ir más allá pues quería llegar al conocimiento contextual de
fondo, eso que habitualmente señalamos o decimos es el alma de las cosas.
No, no es un autor que resulte cómodo como podría ser leer a Ortega por
ejemplo, o a María Zambrano por poner otro ejemplo muy asociado al primero, pero
hay algo que obliga, pese a encontrarnos con un filósofo irresoluto -¿quién no
lo es?-, a volver una y otra vez a sus escritos, tal es la inmensa riqueza que
nos legó. Y es que Unamuno aún nos tiene pendientes de su obra, pues es un
revulsivo importante de la cultura española y aún de la europea. Revulsivo que
supo agitar a todo un país, a todo un gobierno y a toda una generación, no olvidemos
que escribió filosofía, pero también artículos, ensayos, novela y poesía. Y, como
decía, lo sigue siendo hoy al no poder dejar de reconocernos en él en muchos
aspectos vitales. Lo que sí es cierto es que Unamuno, con su sentimiento
trágico de la vida, nos despierta de ilusiones y fantasías huecas, de
banalidades, de sueños, de quimeras intelectuales, de todo eso que nos acompaña
falazmente en este camino acelerado hacia la nada.
Barcelona. Marzo de 2017.
©Teo Revilla Bravo.