ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

viernes, 30 de diciembre de 2016

. ENTRE EL OLEAJE



Obra del pintor alemán Emil Nolde "Moonlit Night". 1914







ENTRE EL OLEAJE


En el crepúsculo dorado
asomada a la curvatura
aventurera del horizonte,
entre irisaciones y oleajes,
entre rosadas nubes,
bañada de yodo y mar,
dulzura, sentido amor,
sentada  en el vértice
balanceante de la luminosa
luna, te encontré.

Tiene tu rostro,
en la oceánica noche,
serenidad; y en tus ojos
plenos de resonancias,
brillan sutiles enredos.

Te peina a pie de silencio,
te prepara para largo viaje,
el singular crepúsculo.

Mientras, la media luna
girándose repentina,
desciende al mar transmutada
en  alígero bajel.

Infinito instante:
                              la impresión
que el rostro apresa
a través de relucidos olores,
se crece pez serpenteando
por el luminoso océano
de entusiasmo y vida. 


“SOLEDADES” (Provisional)
 Cuaderno  XVIII
(Del 04 de febrero de 2013, al 12 de enero de 2014)
©Teo Revilla Bravo.



lunes, 19 de diciembre de 2016

SUEÑO EN LA CIUDAD DESIERTA




SUEÑO EN LA CIUDAD DESIERTA

La tarde se pone melancólica y parda. Se va estirando arrastrada por la noche que llega atenazada de prisa y tristeza. La ciudad flores de luces y sombras balancea sinsabores y espesuras. 
Camino sin rumbo, quién sabe adónde, por calles que se abren como heridas. La poesía que duele asoma valerosa entre los jirones de sombras esparcidos por avenidas, jardines y paseos. Observo. Como en las grandes panorámicas naturales, todo, a cada paso que doy, va cambiando de tintes y tonos. Es como entrar en un sueño de pájaros ocultos, espacio donde se entierran muertos y se desbaratan fugaces relámpagos. Triviales malaventuras me acosan, no me dejan caminar. Es la soledad. Son las vueltas y recovecos de un camino incomprendido, donde presiento silencios, noche bronca en la que intento apartarme del miedo buscando atisbos de lucidez mientras siento acechante la llegada inevitable olvido. ¿De qué estará hecho el olvido?, me pregunto. Residuos, despojos, cenizas… Quizás se refleje charcos que dejó la lluvia en esos espejos que me miran insultantes más allá o acá de mí mismo reflejando una nadería como miran a la poesía los insensibles. Pobre poesía a la que quisieran estrangular con la bufanda blanca -amagada crueldad- de oficiales laureles. 
Sigo. Camino aparentemente impávido por la ciudad desierta. Lo hago entre refulgencias y obscuridades, embriagado de pensamientos y atmósfera lobreguez. Una ventana iluminada y otra y otra, dan idea de encrucijadas humanas, actividad y vida; un turbio edificio y otro y otro, aferrando corazones, forman la interminable metrópoli del desconsuelo; un televisor, una guitarra destemplada, el lloro desgarrado de un bebé, la grieta abierta en el alma enamorada de una joven postrada en la cama de la desventura; la soledad extendiéndose como oscura mancha; rostros de mujeres y hombres; historias que empiezan y acaban de mil modos diferentes, la vida.
Doy vueltas a todo sin concretizar nada. Soy una entelequia más en todo este espanto. Quizás la más absurda. Existo, sí, y muero. Sé que existo y que muero. No quiero entrar al respecto en dudas, pero como un Ulises desterrado sin Ítaca posible que recuperar, misterioso ser atravesando duro desierto, ay dolor e infortunio, sin cuándo, sin antes, sin después, lloro esta noche donde nada es lo que parece ser. 
Hay un surco abierto en el asfalto a modo de garabato que me atrae poderosamente la atención. Quizás sea la línea obscura de los versos de Verlaine, que desde hace años me persiguen. No lo sé. En tal caso, el camino me desgasta, me obliga a detenerme y buscar un lugar donde reposar, con o sin ayuda de la absenta, con o sin Verlaine al lado, acunado y protegido por los setos de un jardín cercano, por la luna honda y la estrella alta que me miran desde las alturas, imploro un sueño redentor. Así, introducido en limbo surrealista, siento que caigo en éxtasis redentor o  quizás en redentora nada.
Cumplido sesenta y cinco años. Sesenta y cinco años y sigo apegado como en la infancia a utopías, ilusiones, pinturas, libros, películas, a estímulos y a liberadoras fantasías aún con la boca abierta ante espejuelos y abalorios que sorprendentes aparecen por doquier; aferrado a la curiosidad, al desacierto, y al desconcierto. La vida desgasta indeleblemente como por otro lado lo hace la hermana muerte. Hay puertas giratorias que no rotan; contraventanas inoportunas que nunca se abren; caminos fraccionados imposibles de recorrer; pero también cielos desplegados que conmueven y nos llenan de belleza y amor, ese amor que necesita aire abundante y fresco para no asfixiarse. Sé que las cosas, los objetos, todo lo que me rodea, jamás sabrán que he existido a su lado rozándolos, tocándolos, sirviéndome de ellos para bien o para mal. Morir es una necesidad que se adquiere con el nacimiento y que nos conduce, indefectiblemente día a día, a la vida goce, dolorcon la fórmula mágica del artificio embaucador, la misma con que la existencia nos devuelve luego indefectiblemente a la muerte. Olvidar el fracaso de la hora última. Olvidarlo todo. Dejar de deambular entre pájaros muertos y ciudades imposibles, e iniciar los caminos que conducen a las estrellas. Regresar al antes del nacer donde todo en nada estaba bien. Lograr por fin la inocencia, fiesta eternal del universo, simbiosis y armonía sin destino ni presión.



Barcelona, diciembre, 2016.
©Teo Revilla Bravo.



martes, 13 de diciembre de 2016

LOCURAS




La obra: Pinturas SUMI-E de Miguel Elías para un libro sin murallas



LOCURAS

Locuras abismales. Olas desprendidas del carro de la imaginación 
que se vencen, que se caen por tierra salpicando de polvo
e incongruencias la oleada de pájaros que raudos levantan 
vuelo y desaparecen veloces dejando solitario el poblado 
de la desazón y la desdicha. 

Locuras. Cautividades. Lunas anchas imposibles de poblar. 
Pavor, gesto agrio, estallidos de dolor e incertidumbre 
más allá de las horas, corazones asediados por el llanto, 
la miseria y el hambre.  Risas que se asoman de repente, 
tras vidrios rotos, animadas por el sonido peculiar 
de un relámpago de ilusión que incide deslumbrante, 
misteriosoen el centro mismo de las entrañas. 

Locuras. Entidades no fiables del alma que mira con sus ojos 
bien abiertos ─el futuro será diferente en imposible 
mapa el norte prometedor de vida y bienes. 
Cruel disyuntiva quedarse o marchar. Anhelo, viento, sol, 
mares. Imposibles manantiales, vagabundaje en horas 
temibles; desprendimientos o etapas fugaces y definitivas 
que a la larga, embellecidas entre los negros velos del amor 
y de la esperanza, gimen incesantes e impotentes sobre 
el rostro oculto polvareda tediosa del imprevisible destierro.


Locuras. Dilemas sin salida. Caballo hermoso desbocado 
y sediento trotando malherido en lucha terrible contra 
los elementos, mientras va mordiendo el polvo turbio 
de la extensa llanura, -desértica, quimérica-  hacia el puerto 
marítimo que grita -frágil cayuco en la arena- libertad.


DESDE EL FONDO 
Cuaderno V. del 4 de octubre de 1978 al 27 de julio de 1980
©Teo Revilla Bravo.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENTRO EN EL VERSO


Obra de Amador Montes. Oaxaca, México.




ENTRO EN EL VERSO

        Entro en el verso como el sediento peregrino entra en el oasis que se abre a la fuente de los cielos. Fuera del verso no cabe nada, se rompe todo contacto que humaniza descarga y despeja, nada hay en este nido de avispas que irredentos sin querer habitamos o nos habita.

     Aún sabiendo que escriba o no escriba prosa, rima métrica, poema asonante o consonante, endecasílabos, églogas, madrigales, odas, versos de arte mayor o menor, décimas, sonetos o composición de arte libre, bien o mal, escribo, voy dejando jirones de palabras aún sin saber si lo hago bien, si lo hago mal, pues el verso pese a no ser conciso ni claro ni tener normas precisas en mí, se me crece por el alma como la infatigable yedra lo hace sobre la pared de una blanca casa. El verso me hace¡ay, Hernández!libre, me pone alas, soledades me quita, cárcel me arranca.

      No quiero reglas. No quiero fronteras que colapsen y retengan los circuitos del alma. Necesito libre circulación. Por eso esta terrible duda que a veces me invade de si escribir o no merece la pena. Vaya rollo, te dirássi lo leesquerido amigo. No sigas. Qué más da ser leído o no, si el fin no es otro que desagraviar gramáticas internas que se descorazonan solas en el alma.  

      Entro en el verso como el gorrión entra en su nido o el pez en un cardumen. Entro para cobijarme en lo cálido, retirarme del mundanal ruido e intentar lograr atrapar lo inasible del silencio.



“SOLEDADES” (Provisional)
Cuaderno XVIII, del  2013, al 2014.
©Teo Revilla Bravo