LA LUZ EN LA POESÍA
No es raro que todavía en nuestros tiempos, se tenga una idea de la poesía como fruto de una súbita intuición que solamente necesita materializarse en un papel para completar su sustancia. Es una idea que ignora el verdadero proceso de la creación artística donde a partir de la intuición o de la inspiración —por utilizar un término clásico— requiere una complejidad inventiva como corresponde a otros géneros literarios, e incluso a la ciencia. La poesía nace, en efecto, de la iluminación —luz en su expansión y en su interrupción, ambas de enorme fuerza simbólica y metafórica— y necesita, para consolidar su forma, no solo de intuición, sino también a partir de un tema elegido o sobrevenido, de la reflexión.
La devoción por la luz es de siempre en el ser humano y en la cultura de los pueblos, sustancia cósmica, no podemos olvidar que la misma luz solar es un elemento sustantivo para la vida en general. A partir de la iluminación, en continuo juego metafórico y o simbólico, nos llega la melodía y la armonía bien sea en poemas de versos clásicos, bien en los de verso blanco o libre más usados en pautas de emoción personal.
La luz rige el sentimiento poético. Es un hecho.
Inasible luz, luz crepuscular, luz del amor como esencia de vida, colores de luz, luz dormida o despierta entre las manos o en el rostro, más allá o acá de la luz, luz que cautiva, que transita callada y profunda por valles y altozanos del alma, cantos de luz y vida, luz, luz, luz...
El sentido de la luz está en todo lo que somos y ansiamos ser: sin luz, no existo.
Barcelona, noviembre del 2022
©Teo Revilla Bravo
