EL DETALLE EN EL ARTE
La obra de arte necesita de encuentros reiterados, única manera de llegar a sentirla, de temblar ante ella y comprenderla en lo posible obteniendo mayores alcances en el entendimiento de la grandeza y profundidad de sus planos generales. Esta reincidencia en la observación nos sirve para modificar juicios de valores anteriores, pues con cada mirada y juicio que hagamos obtendremos de ella algo novedoso, una emanación emocional que seguro nos sorprende al revelarnos elementos importantes sobre el tema, el motivo, la composición, el dibujo o el contorno lineal, la técnica empleada, el estilo, y sobre todo esos valores subjetivos que penetran en el alma sin darnos cuenta, como la creatividad, suavidad y sentimiento que en ella imprimió su creador. Si logramos algo de todo esto al contemplarla, estaremos ante la verdad significativa de la obra.
Hay que interactuar, sentir curiosidad, ver que en cada detalle de la composición y del color puede haber algo propio, ilusionante y profundo, que puede llevarnos a esa honda emoción que serena el alma y la hace crecer. La obra de arte, así sentida, posee una voz propia nutrida y crecida desde el verbo grandioso de la magia —símbolo, espejo—, al hacerse tangible y hablarle con el lenguaje que propician los sentimientos reforzando —en honda llegada— los moldes artísticos formativos de nuestra mente.
El arte, como diría el teórico y crítico literario Northrop Frye de la poesía, se construye desde el arte.
Barcelona, marzo del 2022
©Teo Revilla Bravo