Vicente Aleixandre
"Ser leal a sí mismo es el único modo
de llegar a ser leal a los demás"
Muchos maestros nos ha dado la poesía española durante el siglo XX. Pero sobresale uno -sin olvidarnos de Machado, Juan Ramón Jiménez y de otros que le precedieron- especialmente significativo y creo que no tan leído como merece. Me refiero al gran Vicente Aleixandre, referente y a la vez confidente y maestro de muchos poetas y gente de la cultura en general. Un hombre enfermizo que recibía con suma amistad y generosidad, a todo aquel que tocara en la puerta de su residencia madrileña, bien llamada casa de la poesía. Allí se leyeron por primera vez los Sonetos del Amor Oscuro de Federico García Lorca, allí recibía Aleixandre cada domingo a Pablo Neruda y su esposa cuando estos residían en Madrid, así como al joven Miguel Hernández, por solo citar a tres de sus mejores amigos. Aleixandre fue un gran estímulo para las generaciones de posguerra, como lo fue así mismo para poetas afines del 27, como Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Pere Gimferrer o Antonio Colinas, por dejar unos ejemplos, poetas admirables sin duda a los que hay que leer también mucho más de lo que se hace.
Este hombre sencillo, frágil de salud, abierto a la amistad sin complejos, fue premio Nobel de Literatura el año 1977, en un gesto importante de la Academia Sueca que quiso premiar la valía de los poetas de toda esa inolvidable generación maltratada por la Guerra Civil. “El Nobel que he recibido, es el del dolor y el sufrimiento”, dijo el poeta haciendo referencia a los que murieron en la contienda o tuvieron que asumir el reto del exilio.
Hay mucha obra admirable en la labor del poeta, que deja tremenda huella en el lector y en la cultura en general como es el caso de “Ámbito”, “La destrucción o el amor” o “Espadas como labios”, trabajos que le convirtieron en uno de los grandes surrealistas españoles, algo que siempre negó pues decía no pertenecer a ese mundo alegando que el surrealismo lleva entre sus dogmas el de la composición onírica, insistiendo en que no era su caso. En esas conversaciones en la casa de la poesía madrileña, solía recordar con frecuencia, en charlas con jóvenes poetas, a Lorca “La persona más fascinante que he conocido nunca”, y a Miguel Hernández “Un ser alegre con fondo dramático, un hermano joven”. Otra persona a la que se refería con asiduidad, era a Dámaso Alonso, el amigo que lo condujo a la poesía cuando ambos eran jóvenes veinteañeros.
Algunos versos al azar del poeta:
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Barcelona, octubre de 2020
©Teo Revilla Bravo.
