Mujer pintando frente al mar, obra de Vicente Palmaroli y González. Hacia 1882. Museo del Prado
VICISITUDES, TESÓN, Y AMOR AL ARTE
El pintor que tiene que trabajar
su obra a ratos, cuando puede, suele ser un pintor, si es íntegro y digno, que elabora un
manual, calladamente, para serle fiel en su esencia al arte. Es el que viendo que no
podrá vivir de la pintura como anhela, armándose de valor saca tiempo de donde
sea para poder dar salida a sus impulsos artísticos y emocionales. Sobre todo
cuando se tiene, a parte de un trabajo obligado que le roba la mayor parte del día, familia que atender. De este modo se enfrenta ante un dilema de tiempo, que no solo mina su creatividad, sino que también
posiblemente parte de su imaginación, coartando posibilidades en obras ya iniciadas y en las que le hubiera gustado haber hecho o hacer, dadas otras circunstancias.
La obra, en nuestro pintor temerario y voluntarioso, no puede ser
como debiera, pero insiste en ello consciente de que sería otra si no se
encontrara limitado. La falta de tiempo intentará compensarla apoderándose de la realidad de
que dispone, reconducirla hacia otra, hacia el arte.
Cuando eres pintor, o tienes
una familia rica que te mantiene, o caminas a contracorriente buscando la forma de
hallar contra viento y marea instantes propicios. Es así de simple y de duro. Al ganarte
la vida en un trabajo ajeno al artístico, la urgencia por vender no existe. Eso te ofrece
alguna ventaja, pues te hace menos vulnerable al sentir cómo la
emancipación te libera de cadenas y obligaciones comerciales. Tienes problemas
de tiempo, eso sí; y quizás de fuerza o ganas en ocasiones, pero posees la ventaja
de poder pintar lo que deseas y el alma siente, aunque no vendas nada. Las galerías suelen decirte:
“Trata de ir por aquí o por allá, pero olvídate de lo que estás haciendo pues lo que
vendemos y se lleva es esto”, mostrándote unos ejemplos que no van
con tus ganas ni querencias artísticas; en otras palabras: tienes que renunciar al propio
estilo, para dar gusto al maldito dinero.
En la vida de este pintor -en la que sin duda estoy reflejado-, él
solo se lo tiene que cocinar todo: sin representante, sin galería, sin
mecenas, sin padrinos, sin nada a lo que aferrarse más que a la materia prima, al tesón
y al amor al arte. Sin ninguna seguridad por tanto, salvo la
que brota de su intuitiva mirada, y de la mano que vaga con el pincel libremente por el lienzo. Este pintor, bastante común por otra
parte, tiene que buscarse la vida artística sin contactos ni enchufes; a la
buena de dios; a pulso; rastreando locales, galerías, centros cívicos, concursando
en premios –casi siempre concedidos de antemano- o bien participando en exposiciones colectivas; esto último, quizás valiéndose de algunas amistades o de algo que pueda proporcionarle
una amable salida al exterior, único precio que tiene que pagar si quiere darse
a conocer…
Barcelona, marzo, de 2018.
