Obra de Franz Bischoff, pintor austriaco afincado en norteamérica, gran captador de formas brillos y colores que supo llevar a sus lienzos con verdadera maestría.
El mundo está pendiente, está fuera
aguardando a que aparezca tu nombre
calibrando distancias, abriendo caminos,
apagando ausencias, reinando entre
las formas visibles del paisaje.
Aparece dibujando cielos, definiendo
delicadamente —bucles de oro y nieve—
el contorno que delicadamente alumbra
los volátiles pájaros del amanecer.
Tus ojos, déjame decirlo así de bruto
y sorprendido, dos tremendas hogazas
de pan resbalando por las ciegas mejillas
del anochecer; tus ojos, abriéndose
al nuevo día como singulares meridianos
circulares calmando las hambres del mundo.
Y tu cuerpo…
Tu cuerpo —revelación suprema—,
sencilla ternura, agua en remanso,
luces templadas, diáfanos colores,
misteriosas colinas del amor de la libertad
desde donde ligeras vuelan alegres
las aves; tu cuerpo —mágica reverberación,
perfil de valles y anchuras al clarear—
se abre paso para que todo al instante
se revele en abundancias de relumbres
y mares hemisférico y cósmico.
Toda tú, luminoso silencio salpicado
de elocuentes significaciones…
