En medio del olvido—difuso, angustioso,
yermo— sin indulgencia posible,
aparecen reflectores que nos tiemblan
y voltean, festoneados de rojo vibrante
e intenso sobre agitados vacíos.
Aciago artificio.Miro mis manos
convulsas cómo guerreras palpitan
mientras trato de escribir en la liliácea
y húmeda mañana del hermoso limpio
y afinado mayo, un sentimental poema.
Del pecho, ínfimo, trémulo, transverberado,
se me sale un áspero latido, un germen
de ilusión, un verso aún destemplado y frío
encadenado al imaginario clavicordio
disonante pero con fuertes literarios
agites, que podrían llegar a ser rítmicos,
admirables, desbordantes cantos de luz.
Y el reclamo sorprendente de un largo
beso tuyo, amor, de los que —tiempo
de primaveras, tilos, almendros, cielos
claros, y ocultos esquinares —,
vitales e intensos en el desfallecer del oro,
oh, tardes, no se podían pausar ni medir.
