"Campo de trigo", de Vincent Van Gogh, 1889.Museo National Gallery de Londres.
Van Gogh tenía obsesión por copiar la naturaleza, aunque él decía que no lograba ponerse de acuerdo con ella. Era como si se le escapara, como si ésta no se dejase dominar, y es que, por mucho que nos empeñemos, somos hijos de ella, no sus dueños. Como no lograba dominarla con sus pinceles, optó por crear una naturaleza a su medida, utilizando sus colores y su imaginación. Le interesaba sobre todo captar la atmósfera, la transparencia del aire, sus movimientos, las partículas de luz.... ¡Casi nada! En tal caso, logró algo reservado a muy pocos: dejarnos hermosísimas obras de arte.
CAMBIO
EL RUMBO
Cambió
el rumbo.
Fue
desplegando su vida
acomodándola
a parajes balsámicos
de
límpida creación lejos
del mortero,
del cemento, del
crujir del polvo
entre tabiques y
de la ponzoña
letal que quita alientos y deshace vidas.
Cambió
de rumbo.
Huyó
de piedras y ladrillos,
de
rocas grisáceas y aires contaminados,
de
todo eso que forman las inquebrantables
fronteras
urbanas del desdén y el odio,
y
se fue, olvidando pesados rostros,
hacia
el verde silencio de los valles
hermosos
donde el pincel lava con suaves
algodones
de luz, heridas, desánimos,
cansancios
y hastíos.
Provenía
de aglomeraciones y ruidos,
de
hormigones, ladrillos y argamasas,
de
negros humos y malas sombras.
Atravesando
montañas, ríos y páramos,
se
marchó a comulgar -solitario y mudo
proclamando
al aire silencios-
con
el íntimo misterio de la magna,
asombrosa,
añorada, naturaleza….
DESDE EL FONDO
Cuaderno V. 1978 - 1980
©Teo Revilla Bravo.
