María, 1972. Antonio López. Lápiz sobre papel adherido a tabla
pintura de Antonio López Estudio con tres puertas
Antonio y Mari, obra de Antonio López
EN TORNO AL PINTOR ANTONIO LÓPEZ
“Explicar
el arte me parece una imprudencia, es enseñar a otro cómo ver lo que en
realidad es una incógnita”.
La
primera vez que quedé cautivado, absolutamente cautivado por la obra del pintor
Antonio López, fue, años noventa, tras contemplar la película de Víctor Erice “El sol del
membrillo”. Quedé embelesado por su carácter sorprendente e insólito, pero
sobre todo por la manera cercana y a la vez original de transmitir valores
pictóricos a un espectador sencillo como me consideraba yo. La obra,
cinematográficamente, es un ejercicio arriesgado, austero, sencillo
aparentemente, pero difícil y a la vez complejo, elaborado a contracorriente
durante dos pacientes años nada más y nada menos. Al no tener trama argumental,
la película escapa a los códigos cinematográficos convenidos y a la vez a toda
tentativa comercial, pues su fin busca otros valores, indaga, va mucho más
lejos. “La Flor del membrillo” es una obra de arte; es puro lenguaje visual de
gran valor estético; es, podríamos decir, investigación del comportamiento
artístico, a la vez que un esfuerzo frustrante al querer acaparar y apresar, en
una hora concreta del día, la huidiza luz solar a través de la calmosa evolución
de un membrillo; es tiempo, sí, es esfuerzo, y es poesía; en tal caso, una obra
profunda, exquisita, muy especial por lo que cuenta y cómo lo cuenta, inclasificable
incluso en el género documental donde se la ha pretendido incluir.
El
mundo del arte es vertiginoso hoy en día, es un pálido reflejo de lo que ocurre
a nuestro alrededor. Amar el arte, la creación, es intentar comprenderlos desde
el sentimiento. Por eso en la obra de Antonio López, tan minuciosa como
atractiva, se agradece ese estatismo que llama a la meditación contemplativa, a
la tranquilidad y a la luminosidad que desprende. Antonio López bebe, con
pasión, de fuentes velazqueñas -o incluso de las de Zurbarán- apartándose del
hiperrealismo donde engañosamente a veces se le pretende meter. Esa influencia
de los dos grandes pintores españoles, le conforman como autor valioso y
enigmático, al haber sabido desarrollar una obra independiente en medio de un
ambiente artístico estructurado en base al informalismo y a la abstracción.
La
obra, para nuestro pintor, es tan importante en su proceso pictórico como cuando
la da por terminada, sabiendo que una obra nunca se acaba sino que se llega al
límite de las propias posibilidades, algo que él entiende bien. Y ahí tenemos,
ante nuestros ojos, al ser humano y cuanto le rodea: la ciudad, la casa y
enseres, el hombre, el campo, las nubes… Pero siempre desde donde se les habita
y siente, desde donde se les puede palpar,
escuchar y latir. El pintor quiere apresar la realidad; quiere que las
pinceladas y los colores se den desde el respiro de la propia vida y puedan
así recoger el misterio latente del mundo. Porque el pintor no copia las cosas
tal y como las ve, aunque aparentemente lo parezca: detrás de lo que el ojo observa
-él mismo nos lo dice- hay un sortilegio, un embrujo, un enigma por resolver.
Esa esencia es precisamente lo que pretende captar, lo que ha de desprender la obra al contemplarla. Eso es el arte, y en esa incógnita, en esos entresijos
sensibles, se hermanan pintor y espectador, ambos tratando de ahondar y avanzar
en el intento imposible de poder hallar la temporalidad…
Barcelona. Abril de 2017.
©Teo Revilla Bravo.



