Se perpetúa el tiempo invitando
a la suavidad de sentir la vida
—huida sin fin—desde
la clara levedad de la misma
hacia el iluso anhelo de permanecer.
Lágrimas circulando por cielos
imaginarios se deshacen hundidas
en sueños que no llevan a ninguna
parte. Nos afanamos por ser
—suspiros de muertos—pequeños
dioses, aunque sepamos que no es así;
lo hacemos por morir un poco más tarde
que el otro; por sentir la eternidad
febril subida a la frente —individuos
de paja— galopar sobre la extensa
vacuidad de la nada.
Una nada encerrada entre años
y huesos que va atascando confusas
miasmas de desaliento atrapándolas
en la gran cloaca —exímaseme
lo antedicho— de la realidad de ser.
