ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

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lunes, 20 de mayo de 2019

DONDE NO HABITE EL MIEDO. CARTA A MARIO


Pintura: "Abstracción", de mi autoría. 
Texto: Teo Revilla Bravo, sobre una idea original de Karyn Huberman.  












DONDE NO HABITE EL MIEDO. CARTA A MARIO

                                                                         "Cada día un promedio de 137 mujeres alrededor del mundo mueren a manos de su pareja o de un miembro de su familia, según una información dada a conocer por Naciones Unidas."


Dudaba de si escribir esta nota o no hacerlo. Al final me he decidido no sin que se me encoja el corazón. Mira: me tiemblan las manos, se me sacude todo el cuerpo, temo verte entrar súbitamente por la puerta y sorprenderme.

No es fácil decirte, Mario, que no me encontrarás cuando llegues, me habré ido para no volver, no te enojes que te conozco. En realidad un día u otro deberías esperarlo, aunque sé que lo ves inconcebible, que tu ceguera y sentido de la posesión no te lo permiten. En todo caso, te he dejado cena en la nevera para cuando llegues, con minuto y medio en el microondas será suficiente; la ropa queda lista y planchada para mañana, como habitualmente la tienes cada día; toda la casa queda en orden, es la última concesión que te hago, el postrer aliento que me anima cuando contemplo esto que me rodea. No te niego que pese a todo, mientras escribo estas líneas y lo observo todo, aún resbala una lágrima por mi rostro, no sé si por ti, por mí, o por ambos, ya da igual.

Dónde me voy, dónde estaré, te dirás con ánimos de ir enrabiado a buscarme. No intentes hacerlo. Ya no. Sería inútil. Me voy a un lugar sin duda mejor donde nadie me grite ni me golpee, donde nadie me hable para achicarme y anularme a cada momento; a un lugar donde respirar, donde poder sentirme persona y no propiedad, donde no se me imponga lo que deba hacer y pueda tener la opción de elegir lo que desee dentro de mis posibilidades. Donde no habite el miedo estaré, no creo que puedas comprender lo que significa eso.

Sabía desde hace tiempo que debía hacerlo, pero me costaba, me acobardaba, me retenía y amilanaba, sentía pavor solo con pensar en tu violenta reacción. He aguantado tanto porque, confusa, he creído durante mucho tiempo que te quería pese a todo, que un día todo sería diferente, que cambiarías y volveríamos a sentir la ilusión del comienzo cuando nada de lo que luego ha venido y ni por asomo imaginaba. He vivido esperanzada y engañada durante mucho tiempo, pero al final he logrado abrir los ojos, mirarme por dentro y sentir y ver solamente dolor, miedo,  desesperanza, una vida desaprovechada y rota. Me he cansado de mirarte con temor a menudo aterrorizada, desolada de aguantar la mala vida que me has dado; de sentirme sombra me he cansado; de ser la empleada de la casa a la que le pagas con un par de bofetadas por semana; de tus gritos, de tu poca delicadeza y mal amor, de tu falta de ternura, de verte llegar cada atardecer nervioso y enfurecido, de juzgarme como una nada a tu lado, de considerarme un cuerpo en tu cama satisfaciendo tus instintos más básicos sabiendo que no te importaban para nada mis sentimientos. Me he agotado de vivir incomodada y acomplejada, sin fuerzas ni motivos por seguir esperando expectativas de cambios.
¿Dónde quedó aquella primera ilusión? ¿Dónde está el adolescente del que me enamoré? Creo que te imaginé irreal, que te creé y recreé en su momento a mi medida guiada de la ilusión, que nunca exististe como tal. Pero desgraciadamente sí has dejado marcados mi cuerpo y mi alma con coacciones psicológicas, menosprecios, palabras malsonantes y golpes que he debido disimular.

Difícilmente podré volver a confiar en alguien el resto de mi vida, pues me has transformado en un ser miedoso y asustadizo. ¿Sabes lo que es eso? ¿Te lo puedes imaginar siquiera? Pero la poca fuerza y autoestima que me queda ha gritado basta, ya no más. No me importa si tengo que comenzar de cero para recomponer mi persona y valerme por mí misma, para intentar volver a relacionarme con los otros, buscaré la ayuda necesaria. Tú deberías hacer lo propio. Estás mal, muy mal, que algo no funciona debidamente en tu cerebro, creo que lo sabes aunque no quieras o sepas reconocerlo. Lo que deseo para mi vida lo lograré, tenlo por seguro, reencontrándome de nuevo con mi yo. Pues si algo me ha quedado claro de esta amarga experiencia, Mario, es que en ese yo, y espero que en el de ninguna otra mujer, nunca más tengan cabida seres como tú.


Barcelona, mayo de 2008.
©Teo Revilla Bravo.