EL PODER DEL TEATRO
Con sencillez, honestidad, energía y entrega, sin arrogancia ni paternalismo tocado de aliento el actor sale a escena.
Tener la potestad de poder tocar las almas de la gente abriéndola a los estímulos del corazón, de poder apelar a la condición más sensible y humana con el fin de agitar las fuerzas emocionales que dominan sus vidas, es la virtud, como función, que tiene el teatro.
El teatro en nuestras sociedades posee un poder ritual sobre la naturaleza del hombre, pues va más allá de la elemental representación de la vida. Hay algo visceral en la actuación que puede estar, si logra llegar, al alcance del espectador sublimándole el momento.
El teatro mejora nuestras vidas, las vuelve más comprensibles, las espiritualiza. Es un arte que se ejercita en equipo, pues cada actor está en cooperación permanente con el resto del elenco para formar ese todo que hace que una obra funcione: autor, director, regidor, avisador, escenógrafo, actores, figurantes, comparsas, montadores, iluminadores, tramoyistas, maquilladores, aquellos que cuidan los detalles más mínimos, sin olvidarnos del anónimo escondido apuntador. Un equipo que trabaja, ensaya, discute, pelea, se divierte y se expresa, a través de personajes inventados por la pluma mágica de un dramaturgo iluminado. El teatro —tragedia, comedia, drama— permite no solo comunicar, sino que también interactuar con el mundo al entregarle entretenimiento, experiencia, saber, sensibilidad, todo aquello que puede beneficiar a miles de personas, haciéndolo a menudo con el agotamiento general de la compañía tras giras interminables.
El teatro es para el actor una herramienta, un ideario de integración, una apuesta por las personas más allá de la simple imitación funcional; es también fuente de contenido reflexivo y de compromiso social, al despertar en el público, con las propuestas y planteamientos que se ponen en escena, una complicidad sincera. La magia del teatro, al alcanzar a tantos públicos, se convierte en el actor en una necesidad de manifestar su interior a través de las emociones, sensaciones, sentimientos e ideas, que en escena expresa. Y lo hace dentro de un proceso de investigación colectiva, a través del cual se van descubriendo las posibilidades que la obra ofrece. No debemos olvidar que el teatro es en esencia una representación, pero también una sutil enseñanza sobre nosotros mismos.
En el teatro interviene –a veces sin ser muy conscientes- el aprendizaje emocional que permite al actor adquirir la capacidad de reconocer sus emociones, así como comprenderlas, expresarlas y regularlas de forma adecuada, además de tener la posibilidad de explorar las del espectador y establecer con él una relación satisfactoria.
El objetivo de la educación emocional en este sentido como en todo sentido artístico, es hacer crecer la cultura fomentando el bienestar personal y social.
Barcelona. Diciembre. 2014.
©Teo Revilla Bravo.

