ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

lunes, 24 de mayo de 2021

ABRIRSE PASO

 


Obra del pintor  expansivo Alberto Reguera






ABRIRSE PASO

 

Abrirse paso. Lograr el vacío y encontrar el hueco

necesario que nos permita  respirar  sintiendo

abrirse círculos amplios de luz, estelas

de lo inesperado que nos acerque al origen:

                                                                         nada delante,

nada detrás.

 

Comprender que tenemos que llegar a mostrarnos

íntegros paso a paso, aprendiendo de la inmediatez

que producen los sucesos del instante.

Perder la memoria de lo banal cambiando como los pájaros

de paisaje, e ir adonde nada sucede, cíclico abismo

de albores y anocheceres, posos y sedimentos,

retazos proteccionistas que refuercen y aseguren trozos

de pan y dicha  con que poder traspasar el silencio

inmemorial del tiempo, de la ilusión, de la nada.



“Océanos de luna”

Cuaderno  VIII. (1984-1987

©Teo Revilla Bravo.






viernes, 21 de mayo de 2021

AFORISMO Y POESÍA

 


El poeta británico John Keats, uno de los grandes del romanticismo







 AFORISMO Y POESÍA 

 

    Hablemos de esta preciosa palabra y sus acepciones. Un aforismo es una figuración, una ideación o fantasía, un concepto o pensamiento plasmado de forma concisa y cerrada. Lo que viene a ser decir mucho con poco, de manera que más que alargar lo que queremos manifestar se sugiera. Esa fórmula en el poema, rompe los rígidos encuadramientos con frecuencia habituales, hallando ubicación en lo que podríamos considerar lazo de conexión que genera riqueza de sentido haciendo innecesario lo superfluo.

    El aforismo se mueve entre la intuición, la racionalidad e intencionalidad, lo pasional, lo analítico, lo ético y estético, echando mano de recursos literarios tan preciados como la sorpresa, la agudeza, la chispa e inventiva, la sensibilidad. El poeta ha de ser ante todo un ágil prestidigitador que sepa sacar sus ases de la manga para formar con ellos un todo (poema) coherente que reduciendo el lenguaje a su elocución mínima, genere inquietud y seduzca.

    ¿Qué debemos evitar que va en contra de su sentido revelador? La simpleza. Pero sobre todo, el rebuscamiento y la grandilocuencia que acentúan, enfatizan y ahogan.



Barcelona, mayo del 2021

©Teo Revilla Bravo  






domingo, 16 de mayo de 2021

SUEÑO Y POESÍA

 



                    Obra del pintor malagueño Guillermo Gómez 1918. "Atardecer en Málaga"








SUEÑO Y POESÍA

 

Encaramado en lo alto del asombro

en pálidas riberas del ensueño,

contemplo, aprovechando la luz mortecina

de la tarde, la sorprendente luna  de cristal

moviéndose opalescente sobre

las altas olas del mar.

 

Sueño y poesía, navegando de la mano,

acomodadas dulcemente a la desnudez

oceánica. Exposición, estela, magnetismo...

 

Con el cuerpo desnudo, mirando lejanías

en hermosas conjunciones estelares elegantemente

entrelazadas, el asombro deshace el trance,

comulga -mundo, trasmundo- con todo,

sin límites, libre, natural, hermoso....



“Océanos de luna”

Cuaderno  VIII. (1984-1987

©Teo Revilla Bravo.






viernes, 14 de mayo de 2021

ARTE CONTEMPORÁNEO O EL EQUÍVOCO DE IGNORAR TÉCNICA Y OFICIO


Obra de Manuel M. Romero.




            ARTE CONTEMPORÁNEO O EL EQUÍVOCO DE IGNORAR TÉCNICA Y OFICIO 

                                                                                I.

    El arte del siglo XX. se ha caracterizado sobre todo por los intentos de algunos supuestos entendidos por elevar a sus altares, fuere como fuere, la abstracción y la experimentación, así como por la obsesión de pretender destruir la forma minimizando valores considerados tradicionales. Esas actitudes con las que se han intentado soslayar  legados y prácticas asociadas a movimientos que nos precedieron fracasaron, pues siguen vigentes con buena salud. El arte no entiende de elementos perniciosos que marquen preferencias ni diferencias por intereses del momento; el arte sobresale en libertad, en consonancia con las necesidades que demanda la sociedad. Todos los movimientos y tendencias son importantes; todos aparecen por un motivo u otro teniendo su momento álgido en continuidad y desarrollo, propiciando la aparición de otros nuevos que se benefician de su vivacidad, riqueza y prodigalidad. Si destruimos la forma, destruiremos del arte la posibilidad de que los jóvenes puedan sentirlo de modo independiente, valiente y sin complejos, hurgando y mamando de los cánones académicos necesarios para su formación, alas impulsivas que debe marcar su futura personalidad creadora.

    Los maestros siguen siendo los grandes clásicos: Rafael, Miguel Ángel, Velázquez, Rembrandt, Goya, El Greco.… Genios incuestionables que pasaron por un taller y aprendieron la técnica para luego, seguros de sí,  independizarse y crear estilo y escuela propios. Valoramos su pintura, conscientes de que no se ha vuelto a pintar de forma tan total. A partir de estos artistas, deviene el arte nuevo a través de un lenguaje y legado recogidos. A los clásicos se vuelve siempre. El arte contemporáneo cuya obsesión es destruir formas, técnicas y oficio, en pos de una supuesta libertad creadora, comienza a adolecer de falta de ideas causando aburrimiento, pues muchas propuestas no tienen fundamento que las sustente como guías a seguir al estar los límites en ellas muy marcados. Vemos repeticiones y reproducciones, copias y más copias de lo mismo o de algo parecido, allá donde ponemos los ojos. Sucede en grandes concentraciones de arte conceptual, públicas o privadas, donde unos pocos deciden qué  tendencia hay que seguir.

    Si el arte no provoca ideas, habrá que reflexionar dónde y por qué falla. La reflexión es un proceso que sustituye a la contemplación. La obra, al no motivar, impone una tarea ajena a ella misma, un pensamiento donde preguntarnos por qué no genera opiniones. Las nuevas generaciones intentan romper reglas y condicionamientos como se ha hecho siempre, algo inevitable pues el arte es sobre todo libertad y camino. El gran valor del arte contemporáneo lo dieron hace un siglo las sorprendentes obras de Miró, Picasso, Mondrian y otros, creando un hecho que por fortuna para el arte es histórico. A partir de ellos, nada nuevo que sea verdaderamente relevante ha sucedido. El valor del arte contemporáneo es aquel que se le quiera dar, entrando con ello en un debate de exacerbada confusión. El famoso váter de Duchamp, una vez se realizó la famosa exposición donde causó gran impacto, dejó de tener valor inmediato en cuanto se desmontó, ya que esa pieza no dejaba de ser un váter común, algo que fuera de contexto no significaba nada más que lo que era. Un cuadro, una escultura, tienen valor de por sí; un simple váter o cualquier otro objeto utilitario, está claro que no. De lo que se deduce, que el arte a veces no es arte sino un fraudulento espejismo. 

    Hay cuadros llenos de manchones a lo Pollock que valen una fortuna, mientras que un bodegón pintado con toda la técnica y todo el amor del mundo queda arrinconado en cualquier museo o galería sin posibilidad de ser admirado y valorado. Se celebra y paga un nombre, por deseos comerciales sobre todo:  márquetin, moda o tendencia, están de su parte. Todo juicio apriorístico donde “alguien” impone un criterio o tendencia, es la aplicación de una sutil dictadura artística. Lo verdaderamente triste en contraposición, es que con frecuencia el mundo del arte no se interese por valores emergentes, jóvenes artistas con mucho que decir si se les permitiera hacerlo.

    Es un error cada vez más extendido, pretender pintar sin saber pintar o esculpir sin saber esculpir, etc., petulancia que no conduce a ninguna parte. Sin técnica y oficio, no hay arte que dure. Y en arte manda sobre todo el corazón.

 

Barcelona 2014.

©Teo Revilla Bravo






jueves, 13 de mayo de 2021

VIDA Y POESÍA

 



                               Dibujo de Marc Chagall dedicado al poeta Vladimir Mayacovsky







  VIDA Y POESÍA


Hay que saber integrar lo aprendido a lo largo de la vida, incluso aquello más sombrío y doloroso, haciendo norma de las distintas maneras que tenemos de entenderlo superando las dificultades con esfuerzo de la voluntad. La lectura, la escritura, el arte, saber ofrecer y recibir intentando transformar el mundo que vivimos desde un paisaje alejado de la mezquindad y el odio en algo más bello y humano, ayuda a conseguirlo.

El paisaje desde la escritura, nos permite expresar las ganas de decir, la necesidad de hacerlo, el placer y alivio que sentimos al comunicarnos. A veces, parafraseando a Nietzsche, desde un proceso creativo definido como dionisíaco por caótico y libre, otras manteniendo un proceso más equilibrado de orden mediante la revisión y corrección que nos permita abrirnos a lo estilístico, a lo apolíneo, a lo que llamamos oficio de escribir, ojalá que sin perder en el intento el halo místico que nos acerca al arte y a formar un coro de voces afines. Los poetas dialogan entre ellos y también con los maestros que les precedieron. Lo hacen con la tradición recibida, la disciplina, y las formas maravillosas que van surgiendo en la mente al ir anotando en un bloc palabras que luego serán versos. Escribir un poema, como pintar un cuadro o componer una hermosa sinfonía con el piano, implica, a través de la experiencia, la reflexión, la búsqueda constante, insertarse en la trama colectiva - humana, vivificadora- sin que se tenga que caer en conceptos cerrados y paralizantes que en nada ayudan.

La escritura poética, como todo en arte, está ahí para descubrirla persiguiendo temas esenciales como la vida, el amor, la naturaleza, el momento, el más allá, la muerte, de manera que la palabra sea más que palabra y nos conduzca a la búsqueda de una obra que madure con el tiempo como organismo vivo cuya vitalidad no acabe en la instancia del encuentro, sino que siga resonando -en armonía individual y universal- en el goce que produce la unión con todo.

La observación, la lectura, pulsar un ritmo propio y trabajar abriendo brechas que hagan camino y logren aflorar nuestra imaginación, ayudan. No caer en lo excesivo, en la poética de la repetición que conduce a vía muerta, saber desbloquear la rigidez de la mente, ayudan a caminar por la hermosa senda de la poesía.

Barcelona,  mediados de mayo del 2021

©Teo Revilla Bravo  







sábado, 8 de mayo de 2021

EL MENDIGO



"El mendigo" 2018. Obra del artista palentino José Luis García Pascual.  






EL MENDIGO

 

    Sentado, aturdido, fatigado, sucio, ocupando un lugar de la alargada acera de la calle de Sants con sus escasos enseres al lado, arrinconado, siendo uno en todo quizás en feliz olvido de sí mismo, se hallaba mal sentado el mendigo.

      De repente, como si notara mi presencia, se elevó del suelo impulsado por una brisa benefactora, e intentó capturar un mar con sus olas mendicantes extendidas en claro espejismo marinero.

    Fue entonces que me miró con ojos rítmicos, perdidos, jubilosos, resbalando a través de los míos directos a buscar acomodo en el fondo de mi alma. Luego comenzó a decir frases sin aparente sentido, incongruencias verbales que no lograba del todo hilvanar ni yo entender.

    Aquel hombre, lo sé, era un poeta que practicaba el arte de vivir del olvido, de la luz, de recoger bondad de la gente, de la revelación vital que a cada momento ofrece  generoso el aire con cada respiro. Solo logré entender, de su largo soliloquio percutiendo en mis vísceras, una terminante frase:      

    “Salgo de este infierno en que he caído, para recorrer destino y poder encontrar las hermosas  flores escondidas en los abiertos abismos del misterio”.

    Luego, entre trasiego humano, ruidos infernales y  humos de autos, tenaz, lento como un buitre, altivo y silencioso como una gacela, se alejó impasible y lento sin mirar atrás.



“Océanos de luna”

Cuaderno  VIII. (1984-1987

©Teo Revilla Bravo.





viernes, 7 de mayo de 2021

NUBES




"La bahía de Weymouth" del pintor romántico británico John Constable,  

    Destaca en esta obra, las extrañas condiciones atmosféricas con el amplio cielo cargado de nubes y la difusa luz que baña el panorama.





NUBES

 

    Nubes de nácar, melancólicas, aterciopeladas, blancas, grises o casi negras, en rojo arrebol, contentas o enfadadas, grandes o pequeñas, líquidas o acristaladas, recorren como algodones flotantes nuestros cielos montañosos, así como el perfil costero, quebrado y cántabro que se da más al norte junto al mar.  

    En aparente quietud, sus movimientos calmos son de acogimiento. Imperceptibles o casi en sus cambios continuos, dejan en la mirada y en el ánimo la sensación de hallarnos ante una hermosura ingrávida, tenue y virginal, que pareciera sonreírnos o envolvernos amorosamente.

    Menuda, decorativa, distante, atrapada en el desconsuelo poético que teje la atmósfera, la nube siempre es bella. Ocasionalmente, en digresión progresiva cubriendo o entoldando el cielo, sorprende generando versátiles equilibrios, presagios de tormentas donde los vientos parecen lavarlas, nieves y lluvias, sombras connaturales, tonos prosaicos que al desvanecerse puede que alienten un hermoso arco iris que siembre serena nostalgia en el ambiente iluminando el paisaje de elocuentes colores. Sea como sea, las nubes, al hilo del horizonte en persistente insistencia y sabiduría inducida, desplegadas se pasean por nuestros cielos con clara inocencia protectora. Flotando adormecidas en el aire, parecen hablarnos de poesía, avivando o apagando el gesto según el día que llevemos. Como si codificaran nuestro vivir, generando encontrados sentimientos.   

    El sol trasiega el aire y condiciona la atención y el ánimo. La llegada de las nubes mantienen equilibrios en el ejercicio atmosférico. Es como si la existencia nos mantuviera para ser, si no entendida sí aceptada por razones de naturaleza y cultura. La vida, cada amanecer lo atestigua, es un discurrir transido de momentos que alimentan y embellecen el espíritu, a través de  una realidad donde el paisaje celeste cobra capital importancia aunque nosotros no sepamos certeramente si es la realidad o la imaginación quién realmente nos vive.

    Arrolla la brisa implacable; el tiempo se alarga en lentitud y bondad; las nubes, que llegaron placenteras retirando la acción del sol, bajan algodonosas de la sierra y cubren de humedad el valle.


Comienzos de Mayo 2021

©Teo Revilla Bravo 







miércoles, 5 de mayo de 2021

EL DADAÍSMO O LA NEGACIÓN DEL ARTE

EL DADAMO O LA NEGACIÓN DEL AR








Obras:
1) L. H. O. O. Q.
La ideología dadaista se sirve de la concepción clásica, adaptando cambios en obras clásicas. En este caso, sobre la Gioconda.
2) Fuente.
Obra expuesta en Nueva York bajo un seudónimo. Fue criticada por el mismo autor, partícipe así mismo del jurado de la exposición, intentando confundir la realidad y criticar así la forma controladora de la sociedad.
3) Otro fotomontaje, éste de The Engineer, Grosz.
4)Elasticum; Hausmann. Fotomontaje que consistía en la inserción del papel en el dibujo.
5) La gran aportación de la imagen dadaista, es la creación de cabezas sin cuerpos, así como la representación del ser humano con forma mecánica, ser con su autonomía oprimida por la sociedad. Obra "Parade Amourense", de Picabia



EL DADAÍSMO O LA NEGACIÓN DEL ARTE


    El manifiesto Dadá nace en el año 1918, con el objetivo, entre otros, de hablarnos de la muerte de la belleza.

    En 1920 se reunieron en Berlín una serie de pintores dadaístas bajo el lema “El arte ha muerto”, en torno a una exposición de maniquíes coronados con una cabeza de cerdo y vestidos con el uniforme del ejército alemán. Querían con ello hacer valer el carácter antiartístico, antipoético y antiliterario, dejando constancia de este modo que no querían fabricar obras de arte, sino crear objetos que lo liberasen de las cadenas tradicionales que amordazaban lo considerado como arte. Ese fue el principal objetivo de Picabia y de los vanguardistas que le siguieron. Según ellos, la obra de arte considerada verdaderamente moderna, no debe de estar hecha por artistas, sino por simples hombres. El artista y el hombre, la obra y el objeto. O sea, recoger utensilios cotidianos de lo más variado reciclados incluso de las basuras, y presentarlos como obras propias bajo el contexto dadaísta de la negación del arte.

    Rebeldía, búsqueda de la subversión, insurgencia, juventud, insatisfacción, desenfreno, apasionamiento.¿Cómo definirlos? En todo caso, un cóctel muy duro sólo apto para almas dolidas, desafiantes e irreverentes. Estas proclamas dadaístas resonaban ─aún resuenan─ en los oídos, con acento agudo y pertinaz, el del grito de la negación sistemática remarcando el fin del arte moderno. Tal actitud los emparentaba con el surrealismo, al cuestionar y considerar relativo todo lo estimado como arte hasta ese momento. En ello, en la práctica constante de la negación, encontraron ─o lo creyeron─ la libertad creadora.

    En realidad fue una cornisa al borde del abismo, una barca a punto de zozobrar. Pero había algo psicológico, en esa revolución artística y estructuradora, que precipitó la apertura de una crisis profunda en su propio seno. No era para menos, pues buscaban camino orientándose hacia el propio presagio, no otro que la abolición del arte. ¿Qué hacer sin el arte? ¡Qué hay después de él? ¿Qué nos queda? Fue una revolución que podía negarlo todo, protestar, hacer actos irreverentes, reírse en los funerales, llorar en las bodas, doblegar y trastocar todas las reglas de la convivencia pues todo era criticable.

    Tristán Tzara, fue quizás el primer abanderado de la causa. Cual gurú del grupo predicó su verdad, que no era otra que el escepticismo llevado a los límites de la razón, llegando a sentenciar: “Dadá no es nada”. Y no era nada, porque Dadá no era un ismo. No podía serlo, pues estaba en contra de todos los ismos habidos y por haber. No se buscaba nada. No se quería nada. Sólo había que estar contra de los manifiestos. En ese contexto, las obras no podía durar más de cinco minutos en sus exposiciones, tenían que ser fugaces; incluso en las puertas de algunas exposiciones, se colocaron palos para que los concurrentes acabasen a golpes con lo allí expuesto.
    Algunos claros exponentes del dadaísmo fueron, los franceses Francis Picabia y Marcel Duchamp, el estadounidense Man Ray, o el cineasta alemán Hans Richter. Todos ellos intentaron hacer catarsis manifiesta de sus sentimientos y contradicciones sin límites ni destellos. Fueron esclavos del tiempo que les tocó vivir, un tiempo que los envolvía en la realidad abrumadora de un mundo pervertido, desarraigado y destruido. Seguro que la declaración en 1914 de la Primera Guerra Mundial, tuvo mucho que ver en todo este asunto.


Barcelona. Marzo de 2017.
©Teo Revilla Bravo.







lunes, 3 de mayo de 2021

LA NOVELA

 

"La Lectora de novela" Obra de Vincent Van Gogh






LA NOVELA

 

                                         “Si leer una novela constituye un esfuerzo, es mejor no leerla”.  

                                                                                                 -William Somerset Maugham-

 

 

    Hay que entrar en la novela, con ganas; con tiento devorador; con ansias de encontrarnos con algo inefable que nos haga abrir los ojos y el alma. Pocas novelas reúnen los requisitos que permitan ser leídas de principio a fin sin que el interés decaiga en algún momento. Hay quienes sin pensarlo saltan contenidos yendo al encuentro de aquello que les estimule, dejando atrás posibles aspectos esenciales.

    Hay novelas maravillosas. Novelas colmadas y reveladoras de las que no se deben obviar ni una sola palabra, porque con cada una de ellas se armó para sostener la importancia y relevancia que el autor quiso tuvieran. En cambio hay otras, que se podrían eliminar sin cargo de conciencia todas las páginas por irrelevantes. Parece ser que a partir de cierta edad, nos hacemos cada vez más selectivos retirándonos de lecturas que no nos causan especial emoción. Hasta esa edad más o menos, leemos todo lo que cae en nuestras manos, a veces compulsivamente creyendo que de todo aprendemos algo. Pero al hacernos (si lo logramos) adultos como lectores,  caemos en la cuenta de que aquello que nos carga e irrita, aparte de aburrirnos nos hace perder un tiempo valioso.

    Coleridge, poeta, crítico y filósofo inglés, decía a propósito del Quijote, que es un libro que debe leerse de principio a fin con sumo cuidado y esmero una sola vez, para después volver a él solo puntualmente. Con ello quería decir, que algunos pasajes de la obra le resultaban pesados o tediosos. Antes de esa edad considerada como adulta en lecturas, uno prefería aburrirse con Proust porque era Proust, o con Stendhal porque era Stendhal, antes que divertirse con otro escritor no tan considerado. A partir de esa edad, ya no se tiene el inconveniente de reconocer que las diversas partes de la extensísima obra proustiana presenta, como decía Coleridge en relación al Quijote, méritos desiguales, al menos en cuanto a su interés. Si esto pasa con los grandes escritores, qué no pasará con el resto de aficionados. Al final todo se resume a saber si la novela o el libro que tenemos entre manos nos interesa por una cuestión u otra, o si lo estamos leyendo tediosos porque otros lo hicieron y nos lo recomendaron. En todo caso, junto al escritor William Somerset Maugham, deberíamos hacernos la pregunta obligada: ¿La novela es una forma de arte? ¿Es su finalidad instruir  o   entretener y deleitar? Si es instruir, no tiene por qué considerarse obra de arte ya que la finalidad del arte según todos los preceptos es deleitar. 

     Ambas cosas pueden darse en una buena novela. Debemos acercarnos a ella con curiosidad, interrogando a cada palabra que aparece en ella, a cada frase, a cada expresión o acontecimiento que ocurra en el argumento, haciéndonos eco del contexto en el que fue escrita, recogiendo los rasgos más importantes, la curiosidad que despiertan los personajes, la búsqueda del significado de ciertas palabras, haciendo las debidas valoraciones y reseñas así como tomar apuntes si la narración es algo enredada o hay muchos personajes como sucede en “Cien años de soledad”. Hay que recoger, en fin, todo aquello que nos ha llenado de interés por el motivo que sea, prestando especial atención a la manera de narrar y contar que tiene el autor, cómo estructura la obra, cómo cuenta los sucesos, si es de una manera cronológica o circular, si hay saltos en el plano temporal, si se emplea la analepsia -retroceso narrativo- o la prolepsis –adelanto- para crear tensión e intriga, si es formal o es coloquial, si hay conexión entre argumento y estilo, qué nos han parecido los diálogos, el contexto socio-político en que está situada, y tantas y tantas coyunturas más que pudieran interesar.  

 


Barcelona.-Mayo.-2014.

©Teo Revilla Bravo.