Te conozco, avanzo hacia ti con abiertos
con transparentes tonos la vida,
habilitada en los dormidos bosques
del ensueño ahí donde los golpes
Te conozco y avanzo, habitando
“SOLEDADES” (Provisional)
Cuaderno XVIII. 2013- 2014)
©Teo Revilla Bravo
«La atmósfera norteña, los colores del campo, los bosques y la sierra, la naturaleza siempre esplendorosa de los contornos cántabros y palentinos, unido al ambiente especial generado en la cuenca minera barruelana con sus vidas marcadas por la cercanía de la muerte, la angustia y la esperanza, hicieron brotar en mí el sentimiento y la sensibilidad que muy temprano me llevaron a la poesía y a la pintura, así como a toda forma de arte, pábulos de expresión y vida»
EL OTOÑO
El otoño cierra ventanas y puertas
a la obertura de la luz. Se esconde
así el dorado aro que proyecta la ineludible
irradiación que sostiene de la vida
adormecida entre sombras y penumbras.
Traspasamos la barrera de los sueños.
Lo que sucede, no vuelve.
el relámpago se apaga de súbito,
se desvanece, nos arrastra por el terraplén
de la inercia -jirones de humo y hielo-
camino de lo efímero. La mano
del dolor golpea los vidrios con desespero,
todo ante nuestro ser flaquea.
La noche, negra, espesa, se lleva
los aromas de la tarde, se alarga
en la consumida interioridad.
Fuera, nada. Ya no se abrigan
los desnudos árboles de la perdida
floresta por donde vamos desapareciendo
día a día sin remedio. Se nos va
la vida en ello. Quizás en efímero factor,
hacia vuelos de alturas y luces impasibles
nunca imaginados.
Irrumpir en el destiempo. Abrigar la idea de que se está un eterno natural, cóncavo, profundo, fotográfico, bello, excepcional sin duda, donde nos olvidamos de la vida y sus perjurios protegidos por ocultos emblemáticos cráteres, susurros de montes y verdes que envuelven y enaltecen el alma.
Echo el mal talante por la ventana del viejo auto. Cinta nos sitúa donde cívicamente corresponde, justo cuando un pájaro tiembla con descaro en la rama más cercana de la ingente haya que a los senderos del bosque da paso. Izan, se maravilla; Karyn y Cinta abren los ojos, yo también.
Príamo y Arisbe se besarían en la nube de la inocencia. Gozarían amorosos cerca del ganado vacuno que al sonido de una música clásica pastan en el establo cercano; luego de ordeñarlas elaborarían, en naves solidarias, sabrosos yogures y exquisitos quesos.
Hojas del otoño. Gama sin igual, tonos ocres, rojizos, marrones, verdes, haz de penumbra, inflexiones relampagueantes, ramificaciones que casi impiden ver el azulado cielo de la tarde.
Cuando llegue el invierno, en la Garrotxa el hayedo, al despoblarse de hojas en latido de trémulos pájaros, irá alfombrando místicamente los suelos en frescura sutileza.
Higueras, prados, olorosa humedad. Espejismos, bosques admirables, solitarias praderías, frescos arroyos, sobre la colada hermosa del volcán de Croscat. Adormecidos pueblos, fértil campiña, Olot entre suaves y onduladas colinas. Alguna solitaria masía donde reposar, y cerca siempre esplendorosa la impresionante Fageda d’en Jordà, inspiración armoniosa de paseantes, poetas y pintores.
La estrella loca de estas noches, ante tanta maravilla por la crepuscular tarde se desboca.