ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

lunes, 18 de noviembre de 2019

EL HECHO POÉTICO


"Las visiones de las hijas de Albión" Obra de William Blake, Poeta y grabador británico


      William Blake fue un hombre excepcional, pintor, grabador, filósofo, místico, rebelde, loco,  esotérico, profeta..., prácticamente desconocido en el transcurso de su vida. Y en todo ello, a pesar de la fuerza independiente de cada una de sus facetas, éstas parecen complementarse, formar un gran todo con sus muchas singularidades. Su obra hay que atenderla desde un punto de vista muy especial, fenomenológico, sin prejuicios, acercándonos a ella como niños con los ojos bien abiertos por la sorpresa, ligeros de mente y alma. Su obra  pertenece al Simbolismo y al Romanticismo.  Falleció el 12 de agosto de 1827 en Londres.








       EL HECHO POÉTICO
 

La poesía, en este periodo de confusión literaria y social en que vivimos, ¿debe ser reflexión pensante y no emoción ni percepción sintiente?, ¿ha de destellar como regalo de luz, o ha de construirse como  ingenio donde todas las piezas encajen a la perfección?, ¿se ha de formar arquitectónicamente buscando resultados lineales, acabados perfectos y deslumbrantes?, ¿ha de ceder su puesto intuitivo y sensitivo a un mundo de conceptos concretos y de elucidaciones que demanda la sociedad vertiginosa y alterada donde todo inevitablemente ha de ser entendible encajando en un contexto determinado?

Pudiera ser que los perfiles que nos llegan de la literatura, no naveguen libres y sean manejados -con talento o no- por poderes egoístas,  especulativos o calculadores; que no se la deje fluir tal y como del ánimo arranca, impidiendo que la percepción básica de la misma se desarrolle libre apagándole su raíz emotiva; quizás, al banalizarse la sociedad, estemos ante la muerte de la poesía considerada en su esencia más intuitiva y genuina, o se quiera hacer del hecho poético un simple ejercicio intelectual y arbitrista calculado para beneficio de unos pocos; quizás, quizás, quizás. Tales exigencias dejan sin razón de ser la nobleza del acto poético, habría que llamarlo por otro nombre, ya que se niega la libre y necesaria expresión literaria de quien, inspirado y sincero, necesita escribir en libertad. Todo se trueca y se confunde durante el tránsito de la intuición y del concepto a la obra requerida.

Hay, pienso, dos formas aparentemente antagónicas de presentar y sentir la poesía. Dos maneras que deberían ir coligadas o ser unicidad, ya que por separado no pueden funcionar bien al quedar desaprovechadas  en un sentido u otro. Los variados aspectos creativos han de convivir en feliz armonía por el logro de una mejor resolución de la obra, partiendo de los sueños -llámense ilusorios- y de los rasgos de inmediatez explícita. Hay que ir creando un espacio de fundamento poético que no devenga en sacralización mística ni lírica solamente, pero  tampoco convirtiéndose en un frío ejercicio mecánico de la voluntad. El anhelo de quien esto piensa es que se entremezclen idea y conocimiento en una identidad propia nacida y crecida a través de sensibilidades que perfilen y delineen poemas, dejando versos más o menos acertados, íntimos y honestos, intentando hallar el mejor ensamblaje posible de los mismos; tender hacia la máxima afinidad del poema, logrando hallar una armonía de conformidad con la que poder crear un paisaje hermoso y perdurable. El ideal del poeta, desde lo más intrínseco del manantial donde surgen los versos, más que ir a una contextura de lo perfecto realizable, ha de crear, como diría Huidobro, “Como la naturaleza crea un árbol que cante con todas sus hojas al son voluble del viento”. O sea, no buscar las formas en nosotros, sino buscarnos a nosotros en las formas.

A expensas de lo dicho, lo que es cierto es que el hecho poético cada uno lo vive a su manera –como sucede con todo en esta vida- desde las propias percepciones, ya que la creación no ha de tener límites prefigurados. Cuantas menos reglas o esquemas fijos e inamovibles mejor, digan lo que digan otros. El hecho poético deviene, desde el núcleo germinal de la sensibilidad de cada cual, como estado gradual; las normas o reglas que se establecen, hay que tomarlas con cuidado valiéndonos de ellas cuando se ajusten al proyecto. Para componer, el arte, en general, no ha de tener limitaciones, ha de ser abierto y dispuesto a cambios constantes. El arte, y con él la poesía, nace del instante mismo en que se produce una emoción espontánea tendente a intentar construir con ilusión y esmero en cuanto se hace proyecto. Luego llega el trabajo diario, donde hemos de dejarnos los sentidos, sustancias, riquezas, logros y desaciertos. Ese origen o fundamento revelado, es el don principal de la creatividad. La dicotomía es una manera de poner trabas a la creación, de hacer del análisis un hecho elitista solo para quienes se sienten dueños de decidir, juzgar y valorar, dictaminando qué es oportuno hacer, cómo se ha de hacer, y qué resultados han de tener. Siempre ha habido abanderados de las reglas y de los términos delimitados, señores que suponen que desde lo acracia de la libertad individual no hay posibilidad de crear arte ni avanzar, siendo todo lo contrario: aquello que se cree dar por acabado como ciclo, hay que mantenerlo abierto para seguir avanzando. La poesía, que no necesita precisamente ni necesariamente de claves cerradas ni ocultas y mucho menos de políticas de procedimientos inquisitoriales, no escapa a este hecho: aún hoy se le sigue poniendo corsés, pautas, tendencias, escuelas, donde unos pocos se mueven cómodos;  no hay más que analizar los laureles y premios que se conceden entre sí,  para darnos cuenta de por dónde van los tiros…

El lector en todo caso, el oidor o espectador, son quienes tienen la palabra, quienes han de descodificar ese estímulo emocional que se le muestra misterioso. Esta es la única validez, la garantía de que se ha entrado en conexión con algo admirable. Autor, lector, oidor, espectador, han de sentirse de alguna forma reconocidos, en y por la conmoción sentida,  en experimentación convincente y conveniente. Fuera de eso todo es  humo o fatua neblina de arrogante iluminado.


Barcelona.-octubre.-2012.
©Teo Revilla Bravo.








2 comentarios:

  1. Muchas veces hemos hablado del tema, hay quienes creen que sólo es poesía aquella que está cautivada en unos cuadrantes métricos, otros que debe llevar rima sí o sí, aunque al final el poema parezca un galimatías que nadie entiende pero resuena melodioso. No, yo prefiero la creación libre, la melodía debe fluir desde el interior y exteriorizarse siendo un ritmo relativamente conocido o bien nuevas fusiones que la transformen en novedad, pero ante todo, que esté plena de emociones, sensaciones, sentimientos. Para mí la buena poesía debe ser ese pulso que se agita, el suspiro, el placer y aquello que te remece por dentro, no sólo por bonito, también por duro o triste, porque la poesía debe ser reflejo de la existencia y en ella cabe todo pero desde la libertad de crear. Espero haberme dado a entender. Besitos.

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    1. Te has dado a entender perfectamente, Karyn Huberman, y comparto lo que dices, plenamente tus letras. La poesía, ante todo, ha de ser libertad y que cada cual al escribirla la acomode como buenamente sepa o pueda; pero ante todo, libertad. Cierto que da más aire aquella que no se sujeta a unas reglas concretas. Ahí las posibilidades de ejercer la emoción literaria, se expanden, se abren mucho más.
      Gracias por este comentario tan rico e ilusionante.
      Fuerte abrazo mañanero.

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